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vendredi, février 09, 2007

París por Patricia De Souza



Se me ha ocurrido poner algunas imágenes de los lugares, los espacios, que más me gustán. No siempre son aquellos que la mayoría de gente gusta, por ejemplo, el metro de París que yo encuentro poético, cuando se leja en el túnel y se pierde con todo su brillo. Esa serenidad de los movimientos de la ciudad que son como una caricia y que sé acoger cuando estoy en armonía, sin ruido interno. Son espacios concéntricos, de voces que me hablan, de pasado y de presente, son porosas, cálidas, envolventes, no pervierten la escritura, la realzan, la magnetizan y la hacen durable.


El metro de París






Cuando estoy en la estación, esperando por el tren, me gusta mirar el rostro de alguien que se va, esos rostros múltiples, de rasgos distintos. Dentro, difruto oyendo las voces en idiomas distintos o la forma de vestir de algunas chicas y hombres... A veces quisiera acercarme a ellos, los sufiente como para sentir su calor... Y cuando el metro se va, curvado, sinuoso, y en silencio, pienso en una escena de infancia, un júbilo, un instante.



La Biblioteca de La Sorbona






Este lugar siempre está lleno de estudiantes, todos hermosos, con la ilusión del futuro. Los anaqueles son de madera tallada, las mesas también. A veces veo un rostro conocido, pero sin saber quién es. Hoy leía a Proust, a Albertine desaparecida y me doy cuenta de que, hombre o mujer, la desaparición de una persona es un acontecimiento: o trágico, o indiferente. Pensaba: ahí donde X pone ruido, yo trato de poner armonía.



Al bajar, en la sala Richelieu, un joven estudiante toca al piano, La passionata, ligeramente curvado sobre él, vestido como un príncipe. Es un joven hermoso, como salido de una película de Luchino di Visconti. Cuando termina, nos dice: gracias por escucharme, sin ustedes, no hubiese terminado de tocar.



El jardín del museo Rodin






Es un jardín romántico, digno de esa época. Ahí Rodin trabajó su mármol blanco, ese que provoca tocar cuando se visita la casa-museo. Y que está prohibido. Tanto los cuerpos esculpidos vibran, tanto están vivos. En el jardín está la escultura de Balzac, más allá hay unas tumbonas donde, echada, se puede ver el cielo de París. Esas nubes que avanzan, avanzan, hasta un espacio infinito. Pienso en mi madre y en cómo disfrutaría todo esto y cómo le iría contando cómo pasé por allí, qué hice o que vi.

1 commentaire:

Café del Libro a dit…

En la que es para mí la película más bella de François Truffaut, se ve el jardín del Museo Rodin. La cámara gira alrededor de la estatua de Balzac. Es en la última escena. El protagonista merodea por allí tratando de atrapar la sombra errante de su amor de juventud... Tu blog es muy bello también.