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mardi, juillet 22, 2014

caminatas

el regreso a París es también el regreso a ciertos espacios, colores, cielos... Lo primero, una ve superada la nostalgia de Caracas, es la cantidad de espacio habitado, la cantidad de tiendas, de cafés. El placer de tomarse un café en la barra oyendo las conversaciones de los clientes, los acentos, las inflexiones. Me gusta las calles que se extienden como gargantas, que devoran la vista, mejor si están surcadas de árboles, la mayor parte Platanes, a veces, son ficus. Lo que más me impacta es el cambio de perspectiva, al verdor inmenso de mi vista de Caracas, hay concreto. El paisaje es más mineral y claro, aunque la imaginación es fértil, se encuentra rodeada de edificios. Entiendo por qué Proust cerraba las cortinas.  Hoy hace frío para julio, mejor! Le temo al calor excesivo y prefiero pensar que podría ir a un café a escribir si se me antoja.

Anoche me dormí, extenuada, entre gritos de niños jugando en un patio, era una bulla jocosa, alegre. Pero el fondo es silencio, un ritmo lento. Ganas de ir a un parque  a perderme entre árboles, Bois de Bloulogne o Bois de Vincennes... ya se verá...

Tengo en la cabeza escenas de las novelas de Patrick Modiano, de las calles de Paris. Como yo, tiene las manía de escoger las calles según sus nombres o su estética. Hay calles feas, de hecho, pero otras que tienen una presencia humana fuerte.

Empieza el día.

vendredi, juillet 04, 2014

Crítica de Babelia, El país, 30 de junio del 2014.

quedó  súper chiquita la crítica... jjeje

Algunas críticas sobre mi última novela

UNA MUJER DE YEDRA

-VERGÜENZA, Cuadernos del Sur, Diario de Córdoba, España (02/07/2014): de Patricia de Souza. Editorial Casa de Cartón. Madrid, 2014.
             No siempre son las palabras como antorchas que iluminan el aire y lo llenan de sentido sembrando armonía en medio de la oscuridad. Tampoco son siempre magia las novelas, y mucho menos poesía, o resplandor; pero, en cambio, ésta, la que ahora tengo entre mis manos, despide un fulgor verdadero, emocionante, porque en esta historia se mezcla la tragedia con la delicadeza y la ternura, con el erotismo y la infelicidad. Deja esa sensación que produce en torno nuestro la lentitud infeliz de la belleza que nace postrada en medio del dolor. Y es verdad que hay dolor en este relato deslumbrante, pero también hay amor y compasión, y una belleza estética asombrosa que emparenta curiosamente, aun siendo trágica, con la que destilan las páginas mejores de la obra del maestro Marcel Proust.
              Es preciso decir, antes de nada, para unir y simplificar todo lo dicho anteriormente que Patricia de Souza, la autora de “Vergüenza”, es una escritora auténtica, de raza, que sabe exprimir los frutos de la vida, tanto los dulces como los más ácidos, destilando su jugo en un mágico licor que enamora al lector por su delicadeza y por el lirismo enjundioso que contiene. Nacida en Ayacucho (Perú), tierras vallejianas, en el año 1964, Patricia es una de las narradoras hispanoamericanas más importantes del momento y ha dado a la luz libros imprescindibles como “El último cuerpo de Úrsula”, “Stabat Mater” y “Electra en la ciudad”, alguno de ellos publicado en España, como éste, y el también citado “El último cuerpo de Úrsula”, Seix-Barral (2000).
             Centrándonos en la novela que comentamos, lo primero que halla el lector es el aliento de la protagonista, una mujer valiente y seductora que, a través del amor que mantiene entre dos hombres, Diego y Ernes, va tejiendo un tapiz  de emociones muy dispares, un onírico mapa de regiones desvastadas por una romántica y azul desolación. Este amor dual en una etapa del relato (la más dura tal vez) se hace tripartito, cuando la protagonista conoce en la cárcel -intenta salvar de ese infierno a su hermano Sebastián- a Manuel. Con éste último mantiene una relación febril, salvaje, densamente erótica; pero luego, al final del relato, vuelve a la calma paradójica y proustiana de una vida muy densa que discurre, o transcurre, a caballo entre varios países, Venezuela, México, Francia y Perú, paraíso natal de la protagonista, donde se cimenta la historia en ruinas de su familia (dos hermanas además de ella, un hermano y la madre) cuyo lento derrumbe económico y social es descrito a través de una voz poética, tierna y dura, pero inmensamente mágica, compasiva: “Crecemos en la ansiedad, en ese miedo del mañana, oyendo hablar a nuestros padres de deudas enormes…” (Pág. 39). Y unas páginas más adelante se nos dice: “Ese trayecto me obligaba a contemplar la pobreza cada vez más creciente en Lima, una pobreza a la que no le encontraba ninguna explicación metafísica…” (Pág. 54).  La caída en desgracia -el hundimiento económico y moral- en la voz de la autora alcanza expresiones muy sublimes. La desolación de la protagonista expresada en un terso lenguaje sensorial va tejiendo la historia hermosa y genuina de una mujer de yedra, ella misma, alguien que ramifica sus pasiones, sus sueños y sus dudas sobre un fornido muro tapizado por esa yedra ágil, luminosa, que va decorando los desconchones de una vida, esa fuerza romántica que transforma en luz celeste las zonas en sombra de su historia familiar.

                             Alejandro López Andrada       Mayo, 2014

             

dimanche, juin 29, 2014

partir, fuir..

poco a poco voy trasladando mi caray afectiva hacia Francia y desde Venezuela. Me cuesta, es otra separación que, nunca, es fácil. Dejar espacios habitados, amistades, costumbres, vaciarse.

pienso que Venezuela me ha mantenido cerca de mi Perú, ahora, la distancia será otra. El tiempo también pas ay nos divide, nos damos cuenta de lo que hemos vivido, de las cosas que nos importan., de los vacíos. Es domingo y la ciudad luce desierta, pienso que está melancólica, como yo.
Dejar esta casa, esta montaña, estos árboles y estos pájaros... otros espacios... yo, seré la misma?

mercredi, juin 25, 2014

Un autor que acompaña

Treinta años de la muerte del filósofo Michel Foucault, razones por las cuales es imprescindible leerlo.


Michel Foucault muere en el hospital parisino de la Salpetrière. Estamos en 1975 y los primeros indicios sobre su muerte son dudosos, más tarde se confirmará que ha muerto de una enfermedad hasta entonces poco conocida, el Sida. Militante, agitador de masas, no basta con pensar, hay que pasar a la acción, y él, como filósofo, lo hace convertido en esa “caja de herramientas” de la que hablaba Deleuze, dispuesto a apoyar los movimientos de rebelión contra la maquinaria estatal que asfixia al individuo. Foucault se va a instalar en el centro de un debate filosófico por la libertad, el cuerpo y la persona, el cuerpo y el deseo. Este debate se desarrollará en medio de la sociedad “bien pensante” de su época exponiendo a los sistemas políticos a un análisis sobre el abuso de poder y el exceso de vigilancia. Con Vigilar y castigar, esta reflexión abarca los sistemas penitenciarios y la prisión como un “dispositivo”, una tecnología política del cuerpo que domina el cuerpo y el alma a la sombra de los reglamentos. Con la Historia de la locura en la edad clásica, el análisis toca la evolución de los sistemas de vigilancia e instala la duda sobre la noción de lo que se considera como "normal" y los escenarios donde ciertas nociones son tomadas como verdades duraderas. Este libro es también una dura crítica al funcionamiento de las instituciones médicas y el uso del saber medical como instrumento de poder. Con Las palabras y las cosas el análisis del lenguaje lo lleva a hacer una epistemología de iconos y símbolos, el lenguaje constituido en una problemática frente al deseo (el centro de la reflexión de Jacques Lacan), la liberación y la valorización de la palabra de los oprimidos, inversión de poderes para sacarlos de una especie de mudez irremediable.
“El trabajo de un intelectual, nos dice Foucault, no es modelar la voluntad política de los otros, es, a través de los análisis que hace en los campos que son los suyos, interrogar las evidencias y los postulados, sacudir los hábitos, las formas de hacer y de pensar, disipar las familiaridades adquiridas, retomar la medida de las reglas y de las instituciones, y a partir de esa re-problematización (donde se juega su oficio de intelectual) participar en la formación de una voluntad política (donde debe jugar su rol de ciudadano). Bio-poder, ética institucional, compartir, poner en duda la política y sospechar de nuestras creencias, instalarse en la re-cuestionamiento de los valores que se convierten con el tiempo en verdades inamovibles, he ahí una parte importante del trabajo dejado por este filósofo.

Al poner el cuerpo biológico en el seno de la práctica histórica, Foucault inaugura la vía de una forma de historia de la resistencia y de la subjetivación, una forma fenomenológica que abarca el momento histórico y las condiciones de vida del individuo. El debate sobre este tema se hace urgente en nuestro tiempo, puesto que el discurso sobre la seguridad y la vigilancia se agudiza debido a una explosión demográfica. De otra parte, parece necesaria, en Francia, en toda Europa, una reflexión humanista y filosófica de los sistemas penitenciarios. Con un discurso político sobre la sexualidad en plena actualidad, el matrimonio homosexual es uno de ellos, el pensamiento de Foucault vuelve a cobrar vigencia, pero no en el sentido quizás que él esperaba, la sexualidad como una forma de utopía, proyecto individual de libertad fuera de las normas, sino como un discurso conformista donde ejercer el poder. Justamente, la pregunta que hay que hacerse es por qué reclamar una legislación (matrimonio) en el terreno donde lo individual podría gozar de un poder inalienable. Buena pregunta.

mardi, juin 17, 2014

El robo

hace unos días venía caminando por la calle Chivacoa, que baja de las Lomas hacia el sector comercial de la ciudad. Iba relajada, divagando cuando una moto se detuvo a mi lado. Vi que había un hombre montado, llevaba una bolsa plástica con unas salchichas empacadas, murmuró una petición. Entendí que necesitaba dinero para comprar un nebulizador para uno de sus hijos. Como olía alcohol, pensé;: seguro que desea dinero para seguir bebiendo, y saqué mi monedero y le di la plata. Pero enseguida vio que tenía un teléfono celular de esos que gusta a la mayoría de la gente y me dijo que se lo entregase amenazándome, enseguida se refirió a sí mismo y dijo que estaba como "enardecido" o algo así. Su acento hacía que no le entendiese (en realidad soy yo la que tiene el acento para él!). Quedé un poco desmoralizada, porque lo que más me ofende es no haber podido comunicar con él. Es decir, él en su rol de ladrón y yo de usurpada. Yo no quería ser la usurpada. Y hasta ahora me niego aunque ya no pienso pasearme con teléfonos inteligentes en la mano ni nada por el estilo. He tenido que reordenarme a partir de ese simple hecho, es como si no me reconociera en esa imagen. Es extraño,

días de días de movimiento, de visitas. Mi problema es que yo trabajo en casa, y toda la casa es mi interior. Cuando recibimos visitas, todo espera, acoge, y espera para volver a ser ese espacio privado en el que pienso y escribo. Sueño.

Voy separándome de Venezuela, noto que mi interés decae, cumplo un ciclo. Voy acercándome a otros espacios.

Tengo que distribuir tiempo para investigar, escribir y no perder el hilo. Detuve mi novela, he perdido la sensación. La idea: tener al menos unas sesenta páginas redactadas para poder seguir trabajando en Francia.

jeudi, juin 05, 2014

El lenguaje disecado

No hay nada que me produzca más encierro que el lenguaje como algo puramente formal, repetitivo, autista y monologante. Muchas veces siento esta impresión; que cada vez más el lenguaje comunica, es decir, usa las formas reales y formales de expresión, no significa de verdad. O no busca significar. Estamos más en los significantes, los usos de las fórmulas del lenguaje, pero menos interesadoAs en buscar un significado propio. No sé si me explico bien, la expresividad, por llamarla de alguna manera, tiene que ver con una entrega, una escucha, hacerle un silencio en el interior para que otras personas signifiquen. Es el equivalente a ser una esponja, un espacio donde alguien resuene, se llene de notas y no sea monocorde. Escuchar la música de los demás. Creo que, eso, se está perdiendo. Declamamos, recitamos, no decimos.
El encierro se hace más pavoroso cuando está dominado por la ideología del dinero, lo castra y lo hace reptante, práctico, instrumental. Las personas no tenemos rostros, solo somos un medio, un instrumento más allá de nuestro valor ideal, el capital. No valemos (significamos nada) nada. Acuérdense de esa pregunta banal entre dos personas: ¿qué significo para ti?

Es terrible porque es lo que siento en muchas relaciones, inclusos familiares. Siento, con mucha frustración, que este modo individual y no colectivo (donde el lenguaje se pretende autónomo), que además está lleno de ansiedad, puesto que nuestro valor social está en el poder de adquisición, ha pervertido la mayor parte de las relaciones. No tengo instrumentos para protegerme de eso si no es refugiarme en la escritura, ahí el lenguaje toca puertas, quiere salir crear sentido a lo que no lo tiene. Me pasa a veces con el lenguaje político y militante, lo siento en la prédica, algo de "cristología" hay en todo esto, en la lección repetida, y no en el análisis y el diálogo. Resulta muchas veces agotador, p y es constante en los diálogo en Venezuela. Son personas muy habladoras, es decir, hay una "oralidad" nata que  se oye a sí misma, es como una oreja musical, entretenida a veces, otras, agotadora porque es vaga, ligera, no se hace responsable de lo que dice. O, si lo hace, es siempre en medio de ese torrente de palabras. Es muy curiosa esta manera de hablar sin concentración, como por inercia. Analizaré luego esa sensación.

Imagen: vacío y pleno, es decir, vacío porque siento que el lenguaje se vuelve tan abstracto, tan automatizado que no encarna una persona, una vida, pleno, cuando el lenguaje sí me permite establecer un contacto con ese otroA que habla...

Son temas para analizar, pero, ahora, debo salir.... Me llevo mi libro de Henri Lefebvre, La vida diaria en el mundo moderno.... O algo así en español.