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mercredi, avril 30, 2008

quel manege

Manege, es carrusel en francés! Y sí qué tal carrusel... mareada, mejor... tratando de leer y escribir... al ritmo de esta canción de Etienne Daho, original de Edith Piaff.. por qué no la lentitud, la indulgencia, no?? Oigan la canción, es buena, de veras...

http://fr.youtube.com/watch?v=uN6xQWOxwKE

mardi, avril 29, 2008

al día

Sigo con un resfriado mortal, cama, lectura, sueño, enseguida lectura, pensar, saber que me voy en poco tiempo, desconocer las fechas, espacio y tiempo, categorías indefinidas para mí por ser demasiado abstractas y subjetivas... ayer, temblor que me hizo recordar el terremoto de Lima, encima, tempestad... ganas de estar con mi familia, lecturas de Sollers, Goytisolo, Annie Erneux, y películas, la última de Hanecke... etc...

lectura del blog de Pierre Assouline, es decir que la transmisión de la cultura clásica no se hizo a través de árabes musulmanes (caso Averoes) sino a través de cristianos orientales (como lo es ahora en el Líbano o en otras partes del norte del África)... ah, sí??? (me oyes, Millet?) Y esto no es político.... revisemos, por favor lo que dicen los españoles que han tenido siete siglos de presencia oriental, lo que dice Juan Goytisolo, lo que dice Derrida cuando visita Toledo, la ciudad de sus padres....
simplemente, se trata de estigmatizar cada vez más a los árabes como los ignorantes, excluirlos del proyecto de la "Nueva Europa", algo que haría sonreír a Nietszche... y como voy pronto a Niza y de ahí a Torino, una frase suya que no es tan desplazada: Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que de ahora en adelante ya no podré creer en ti...

Recibido cheque de la parte de Catherine Millet, a quien tengo afecto, solo que me pareció una broma lo que pagan en Artpress por colaboración y se lo he dicho. Su firma es bonita, trazada, firme, de alguien que sabe lo que quiere. Estoy segura que su libro, La vida sexual de Catherine M. , será un clásico, para pavor de todos los misóginos....

Recuperado el texto de El último cuerpo de Úrsula... podría volverse a editar....

ah, ah....

visto a Iván en estado febril. Tenía ganas de acompañarlo a comprar cosas para él y para su hijo Andrea, extraño dejarlo solo en casa de Mario Bellatín para que tome el avión, me hubiese gustado que nos hubiéramos decidido a llevarlo.

Y una canción, en versión de Nathalie Cardone, pero que cuando era chica, oía en versión de Jeanette, la inglesa, sin entender el acento y mirando los cipreses de Chaclacayo. Me veo, camino con una amiga por la calle Los cipreses, veo el cemento, incluso las líneas del cemento.... el árbol, alto, altísimo.... el sol como un dedo impasible e indulgente... mis hermanos... la sensualidad de esos instantes, tan dionisiacos como trágicos....

http://es.youtube.com/watch?v=0FOx1Qwi2g4

lundi, avril 28, 2008

Vuelvo

Ninguna querella niega el valor humano de una relación. Eso nos hace hasta cierto punto inocentes.

Siempre vuelvo sobre una idea cuando oigo o sucede algo que me cuestiona y me hace ver eso que no vi o no sentí. Pensaba en la frase que cierra mi anterior post y que siento, después de una efímera conversación, como algo tangible: cuán necesitadoas de afecto estamos todoas aunque lo disimulemos bajo la acción, el silencio, incluso la creación.
Se trata, a lo largo de nuestras vidas, de lo cosntruir lo que consideramos Vida buena, de crear espacios no solo para ideas representativas (como la democracia) sino de crear aquellos qu sirvan para la acción a través de nuestra capacidades (y limitaciones) individuales, espacios de resistencia, de conocimiento (no de obscurantismo ni de superstición) y de goce. En eso consiste mi idea de democracia que tomo prestada de Spinoza. La idea de cada individuoa como potencia creativa nunca fija. Creación en la amistad, en el amor, en las relaciones afectivas, etc...
A veces, me doy de golpes con realidades concretas que muestran el otro lado, y por supuesto surje una enorme frustración. La mayoría de las veces se elige lo idéntico, no lo múltiple, la ausencia de diálogo a la convergencia de ideas, la severidad a la indulgencia, la soledad no como elección sino como condena. La idea de civilización como aquella que incluye a seres múltiples, conviviendo y construyedo juntos y no alienados con sus certezas. La idea de existir y de dudar y concederle al otro (como una parte constitutiva pero irreductible) la posibiliad de errar, equivocarse y enmendar. La vida, el estilo, como un trabajo sobre nosotroas mismoas, mientras más manos tengamos al alcance, mejor, mientras más miradas valorizantes, más fácil será la travesía. Mientras más amor, más creatividad. Creo que todoas pedimos, con los ojos cerrados y en el silencio, eso a la vida. He ahí la apuesta, no ciega, como Pascal, pero sí confiada.

Visión en la calle: una mujer manejando un auto muy antiguo, un hombre que se alejaba fumando haciéndome pensar en alguien que conozco... dos visiones que por un instante podría considerar como enigmáticas o premonitorias (la de la mujer era de vulnerabilidad, la del hombre, la de la incapacidad de retener a alguien) y que restituí a su valor verdadero: el hombre era solo un hombre caminando, y ella, una chica que se divertía en su carro... Y caminé, aliviada.

Los universalismos

Por estos últimos días, he estado pensando en los universalismos, sobre si esto es posible y cómo. Escribir sobre Foucault me ha hecho pensar en este tema y entrar en una contradicción: cómo actuar sino adherimos a una idea universal de justicia, de bienestar etc...? El otro día oía la intervención de un líder francés sobre la manera como los países occidentales podían intervenir en un país como la China, cuál es su deber de injerencia ( y su derecho). etc... Yo creo que todos nos plateamos la pregunta de cuáles podríans ser todavía valores universales? La máxima kantiana, o cristiana, actúa como si tú fueras el otro, están vigentes? Puesto que yo escribo, yo creo en el lenguaje, y en hecho de asumirlo como un instrumeto de transformación, es una apuesta. Yo sí creo que existen cosas que nos convocan y nos interpelan: el sufrimiento extremo, la violencia, la hambruna. Yo no creo que haya ninguna interpretación posible cuando un niño se muere de hambre o cuando hay personas que viven la violencia de una guerra o la orpesión de un sistema.
Podríamos interpretar de varias maneras los campos de concentración, el Goulaj... etc? Por eso, a raíz de varias discusiones, la inercia, no poner texto a ciertas experiencias, me parece una forma de huida, de cinismo. La falta de memoria, es decir, saltar por encima de ciertos acontecimientos, permite cualquier arbitrariedad, porque todo sucede en silencio. La discusión sobre los temas que más nos importan no dictaminan un tribunal, crean espacios de convergencia, de discusión que, de alguna forma, encuentran salidas, particulares, precarias, a las cosas que se viven. Por eso, me increpan ciertas pasividades, las femeninas, las masculinas, las que piensan que toda discusión está demás porque ya todo está dicho. Y más todavía si sucede en países como el mío. Cuantos debates quedan por hacer: no se debería pensar en una ley para el aborto, no se debería separar la iglesia del Estado, garantizar una educación más laica (cómo puede ser que la universidad más importante sea la universidad La católica?) etc... cuántas cosas y reformas quedan por hacer... no hay discriminaciones constantes, determinismos que son terribles y contra los cuales la educación, un lenguaje más rico, sí puede hacer algo. Un niño, un joven o un anciano que siente que puede tener una existencia digna, menos violenta y más creativa podrá también ser más generoso. Yo, sí lo creo. Hablando de mayo el 68 (guardando las distancias), Edgar Morin decía en El país que cuando se hizo la revuelta, desparecieron las patologías y todos los síntomas que produce una sociedad represiva... No se puede vivir en una sociedad en constante vértigo, no es humano. Y a cada nuevo ciclo, una nueva propuesta, una nueva exigencia de creatividad.
Hay una frase que encontré en un libro de Sollers, y es de Teresa de Avila, de quien Julia Kristeva acaba de publicar una biografía: El infierno es un lugar donde no se ama.

jeudi, avril 24, 2008

debate en México

Hace poco salió en México un Diccionario de la literatura mexicana (de arranque, hacer un diccionario significa hace run compendio reducido, es decir, que a eso se reduce la literatura de ese tiempo????) que abarca, o pretende, abarcar lo más importante escrito entre 1955-2005....guau!!! El autor es Christopher Domínguez Michael (ejem) y que ha generado todo un fuego cruzado (balas y algunos comentarios interesantes) como ha sido un poco en el Perú la discusión entre andinos y criollos y que para mí marcaba una división política en la literatura: ricos y pobres, blancos y cholos, los que tienen derecho a la palabra a través de la propaganda y los que no.

CRM, para simplificar tanto aparato en el nombre, es un crítico que equivale a Gonzalez Vigil en el Perú, su crítica es social, pero poco filosófica y se olvida, sobre todo del lenguaje, además, como lo dice Nicolás Cabral en un artículo publicado en un diario aquí, es alguien que confiesa que no entiende la intimidad con el lenguaje... C est du jolie!! Me asombra cómo la crítica hispano-americana (a los que piensan con un poco de independencia, los borran) sigue siendo tan ingenua, tan felizmente ingenua, como si el cánon literario no hubiese sido tocado por ninguna de las crisis modernas, empezando por la crisis con el lenguaje que, sería para mí, más grave para nosotros que somos el resultado de una relación violenta. Yo veo una crítica neo-colonial, conservadora, pobre. Lo siento pero cada vez que encuentro una, me aflijo porque me doy cuenta que somos epigonales en el pensar, que no salimos de la dependencia y que cuesta pensar con instrumentos individuales. La crítica en el Perú, es netamente conservadora, racista y misógina. Vive atomizada y no comprende que el mundo ha cambiado. En España, no sé, hay que leer a Goytisolo para comprender que no es muy diferente y que hasta ahora vivimos con un cánon del siglo XIX!!! Cuando Manuel Vincent se atrevió a decirlo, se armó el lío. No se puede pensar con independencia? No siempre, pone en duda las reglas tribales y eso aterra. En Francia, pas le paradis, aunque hayan libros para defender una posición independiente: Blanchot, Butor, Jacques Ranciere, Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute, Beauvoir, Walter Benjamín (y su texto sobre la crisis de la narración). Y Michel Foucault en Las palabras y las cosas... Y se me quedan nombres....

Si una revista como Letras libres, aburrida provinciana y conservadora dictamina el cánon en el ámbito de idioma castellano, algo anda mal, es como decía Godard: si los fabricantes de Renault se consideran creadores, hay ahí un malentendido!!!

Sigue el artículo de Nicolás:

A propósito de un diccionario
Por Nicolás Cabral

¿Una comedia de la desaprobación? Sin duda. Rafael Lemus no se equivoca en las definiciones, pero tampoco se priva de participar en el fandango.
Hagamos un breve recuento, para utilidad de los lectores. Christopher Domínguez Michael publicó, a fines del año pasado, su Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005). El escritor reunió, en un libro financiado por el Sistema Nacional de Creadores y la Fundación Guggenheim, notas publicadas en Reforma y Letras Libres, así como algunos pasajes de libros aparecidos con anterioridad, principalmente la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1989 y 1991), Tiros en el concierto (1997) y La sabiduría sin promesa (2001). Eso no es todo: lo publicó la editorial del Estado, el Fondo de Cultura Económica. En suma, un negocio redondo. Como era de esperarse, la revista Letras Libres arropó el volumen con la reseña principal de su sección de libros, un texto entusiasta de Lemus. Los elogios, sin embargo, han escaseado a partir de entonces. Víctor Manuel Mendiola publicó en Confabulario (12 de enero) una aguda aunque insuficiente –por contextual– crítica, a la que siguió una carta delirante de Guillermo Samperio, publicada en El Financiero el 17 de enero. El primero cuestiona la correspondencia entre el título y el contenido; el segundo pide, con argumentos deplorables, que la editorial retire el libro de circulación. Domínguez Michael ha esgrimido titubeantes justificaciones en Milenio (26 de enero), Reforma (30 de enero) y El Universal (31 de enero), pero la defensa más articulada –y apasionada– de su diccionario no ha salido de su propia pluma, sino de la de Lemus, que la publicó en este mismo suplemento el 2 de febrero mientras, paralelamente, en Laberinto de Milenio, aparecía un nuevo cuestionamiento, esta vez a cargo de Heriberto Yépez, que no ha dudado a la hora de calificar de deshonesto el trabajo de Domínguez Michael. A estas intervenciones hay que sumar la visceral y reiterativa respuesta a Lemus de Mendiola (que ha decidido tratarlo como títere anónimo) del sábado pasado y el pueril elogio de Valeria Luiselli en la última edición de El Ángel de Reforma (10 de febrero) –un texto que, preparado en realidad para la presentación pública del libro, comienza con una frase curiosa: “La tradición crítica, hay que decirlo, es nuestra única defensa frente a escritores y lectores solipsistas, que confunden la creatividad con el bricolaje”; ¡los críticos nos protegen de la amenaza que representan quienes escriben y leen en forma indebida!
Más allá de la saludable –incluso deseable– discusión de libros como éste, el asunto no carece de ribetes perturbadores: en esta alfabética antología de reseñas y ensayos descubrimos, con asombro, que Enrique Krauze es un escritor y que Julieta Campos no merece una mención, que Hugo Hiriart amerita once páginas y Margo Glantz apenas una. De Domínguez Michael podrá decirse cualquier cosa, pero no que ignora para quién trabaja. Sin embargo, me preocupa no sólo la condición servil de ciertos textos y la confusión conceptual del título –crítico no es sinónimo de personal, por más que Domínguez Michael y su defensor se fatiguen en asociar los términos– sino también la retórica empleada en la intervención de Lemus. Hablo concretamente del tono, que parece surgir de una creencia de superioridad a la vez moral y estética. Ingresa a la polémica rebajándola a “comadreo”, para luego identificar a quienes osan cuestionar el Diccionario con los enemigos de la crítica literaria, representantes de un autoritario síndrome antiintelectual. ¿Lo dirá en serio? Para él la crítica verdadera, esa que no es “humilde ni silenciosa”, es su monopolio. Los demás, por supuesto, son partícipes del comadreo. Al parecer, hay que temer lo peor: a decir de Lemus se viene la persecución encarnizada de los intelectuales. Una muestra del mejor magisterio de Dalí: la paranoia crítica.
Harold Bloom ha dicho que de sus maestros aprendió a preguntarse, antes de acometer la crítica de un texto, qué razones llevaron al autor a escribirlo. Me lo pregunto ahora, luego de leer, un tanto confundido, dos defensas del mismo libro escritas por la misma persona. Si uno echa un vistazo a las reseñas de Lemus descubre, bastante pronto, que su concepción de la literatura es básicamente opuesta a la de Domínguez Michael. Lemus busca –y a veces consigue– explicar la escritura que da cuerpo al texto. El caso de Domínguez Michael es distinto: el evidente desprecio por cualquier elaboración teórica de orden estético lo ha llevado a un callejón sin salida; en tanto su retórica es demasiado sinuosa, dispone exclusivamente de argumentos históricos, sociológicos, políticos e incluso esotéricos para explicar la literatura de nuestro tiempo. Es incapaz de comprender la forma, de ahí que logre glosar, muchas veces con fortuna, las ideas de los ensayistas mientras nos ruboriza con sus incompetentes argumentos sobre la poesía, el teatro y la narrativa contemporáneos. No hablemos ya de su escaso rigor: en la entrada correspondiente a Amparo Dávila, Domínguez Michael coloca una nota sobre… Cristina Rivera Garza. (Por lo demás, que un melómano confeso escriba Gleen [sic] Gould obliga a desconfiar.) La cuestión, entonces, es la siguiente: ¿por qué en su nota de Letras Libres Lemus leyó contextualmente el diccionario, apurando sus críticas a las carencias del autor para llegar, lo más pronto posible, al elogio moral? Que cada uno saque sus conclusiones.
La situación, francamente, no deja de sorprender. Cuando, en las páginas de la revista Cuaderno Salmón (no. 4, primavera de 2007), en una conversación entre ambos escritores, el más veterano declaró tener dificultades para “entrar en la intimidad del lenguaje”, no pude dejar de preguntarme: ¿Con qué autoridad se escribe crítica literaria luego de semejante confesión? No es que fuera necesario hacer público el hecho, cualquiera que tiene entre sus actividades la lectura puede constatarlo, pero ese gesto de aparente honestidad debería tener consecuencias prácticas. Domínguez Michael es un estupendo memorialista e historiador de las letras, además de un fino retratista, pero carece de condiciones para ser un crítico relevante de literatura contemporánea: su alergia a la teoría vuelve su discurso intermitente y caprichoso, y su voluntad de ser el comentarista por excelencia de la literatura nacional lo ha incapacitado para explicarse a los escritores de México desde referentes ubicados fuera de las fronteras del país (salvo, acaso, el Panteón francés). Por lo demás, es evidente que tiene dificultades para distinguir a los artistas de los escribanos.
Pero volvamos al sospechoso tono de la defensa de Lemus. ¿A quién defiende, en realidad? No tanto a Domínguez Michael como a cierta manera de hacer crítica, que no es otra que la suya. Las otras prosas involucradas en el “comadreo” son, según dictamina, “miserables”. De ahí se desprende, ay, la indisimulada satisfacción vanidosa que Lemus siente por su propia escritura y, por extensión, por su personaje: el crítico bravucón. Pero me temo que sus argumentos terminarán por ubicarlo como una suerte de Indio Fernández –en el peor de los sentidos, claro– de las reseñas de libros. No importan las ideas o el diálogo, no hablemos ya de la humildad o la paciencia. Para no ser confundido con uno de esos críticos débiles, con uno de esos criados que, según deduce, Mendiola y Samperio solicitan, termina componiendo un enrarecido elogio de ciertas formas de la virilidad: el combate, la vociferación, el protagonismo, el desplante. Es congruente con su manera de entender la crítica, no sólo en el campo literario: recientemente publicó una nota en la que alecciona al cineasta Carlos Reygadas y le dice el modo en que tendría que haber narrado la historia de Luz silenciosa.
El asunto es ¿qué tiene que ver Christopher Domínguez Michael con todo esto? Nos guste o no, ahí está su libro, poblado de deficiencias, arbitrariedades y, tristemente, servilismos. También de momentos inspirados, para qué negarlo. A fin de cuentas, el suyo es un volumen debatible, como tendría que serlo cualquier pretendido canon. Paradójicamente, los textos reunidos en él no vociferan, apenas disfrazan de pertinencia crítica las afinidades personales de un autor comprometido menos con una literatura que con un grupo literario. Es el dilema moral que Domínguez no ha sabido o no ha querido resolver. El problema es suyo y de quienes siguen ciegamente los designios del sector del establishment cultural al que pertenece. Pero ¿en dónde combate, en qué pasaje vocifera? Si el diccionario fuera combativo, en lugar de ignorar a los autores que le repugnan los habría censurado con argumentos. Así las cosas, las fantasías de su joven amigo muestran que éste decidió salir en defensa propia a pesar de que nadie lo había invocado. Y desde esa posición, donde se vuelve dudosa cada línea ofrecida, uno termina por preguntarse si no ha enredado los términos, si en verdad no confunde la valentía con la gesticulación y la buena prosa con el delirio retórico.
¿Qué hay de verdadero, aquí, entonces? Todo. Nada. Sólo la vergüenza, diría John Banville.



Nicolás Cabral es escritor y editor de la revista La Tempestad.

la fuerza de las cosas

Como había prometido traducir un fragmento del libro de Simon de Beauvoir, La fuerza de las cosas, lo hago recién ahora. Todos esos mensajes recibidos me han hecho pensar en que el silencio no siempre es sinónimo de indiferencia sino de compañía. Lo que puede afectarnos es la indiferencia concreta, en palabras o en gestos. Cada texto busca una reacción, no un acción porque creo que pocas personas quieren una acción como respuesta, eso es decisión de cada unoa. Solo la reacción genera una cierta combustión, esos espacios de convergencia energéticos que buscamos escribiendo.

"Sin embargo, no podía escapar a esta maldición infinita: nuestra vida se disuelve en medio de una indiferencia universal. La muerte interroga nuestra existencia y al mismo tiempo le da sentido. A través de ella se realiza la verdadera separación, pero ella es también la llave de toda comunicación. En La sangre de los otros, traté de demostrar que ella rompía la plenitud de la vida y quise demostrar en Pirryus y Cineas que sin ella, no habría ni proyectos ni valores. En Las bocas inútiles, lo contrario, es el horror de la distancia entre vivos y muertos que se me había designado como descripción. Cuando empecé en 1943, Todos los hombres son mortales, pensaba que la vida era un largo vagabundeo alrededor de la muerte.
(...)
Por qué siempre he sentido que tenía algo que decir?
Después de la declaración de la guerra, las cosas habían cambiado, la desesperanza había irrumpido en el mundo: la literatura se hizo tan necesaria como el aire que respiraba. No creo que sea un recurso contra la desesperación absoluta, pero yo no me sentía reducida a ese extremo, al contrario, lo que había sentido era la absoluta ambiguedad de nuestra condición, a la vez terrible y exaltante, constantado que era incapaz de mantener unidos esos dos extremos: me quedaba lejos de los triunfos y lejos también las atrocidades de la vida. Conciente de la distancia entre lo que sentía y lo que existe, necesitaba escribir para hacer justicia a una realidad que no coincidía con ninguno de los movimientos de mi interior. Creo que mucha vocaciones de escritores se explican de manera análoga: la honestidad literaria no es lo que imaginamos comúnmente; no se trata de transcribir las emociones, los pensamientos, que instante tras instante nos atraviesan, sino indicar los horizontes que no alcanzamos a tocar o que a duras penas logramos ver. En cuanto a los que escriben cada uno de sus libros dice mucho y dice muy poco. Que se repita o se corrija a lo largo de los años, no logrará captar sobre la hoja, tampoco en la carne de su interior, la realidad innombrable que lo ocupa. Yo convení que de alguna manera u otra intervenimos en los destinos de las personas y que debemos asumir esta responsabilidad. Pero esta convicción tenía su otro lado, porque sentía que al mismo tiempo que era responsable no podía hacer nada para enmendar. Este fue uno de los temas de Todos los hombres son mortales. Traté de rectificar ekl optimismo moral de mis libros precedentes describiendo la muerte, no solo como una relación de cada persona con la vida, sino como el escándalo de la soledad y de la separación. Así, cada libro me arroja de alguna forma hacia uno nuevo, y porque el mundo se me presentaba desbordante de todo lo que yo podía sentir, conocer y decir".

Me gusta cuando SdB habla de que se escribe para estar en contacto con la opacidad de la vida. Si las cosas fuesen transparentes, nada tendría valor y no habría lucha, sería la inercia.

Imagen de ayer: un estudiante, sobre una banca de la calle Obregón enrollando una tortilla con una delicadeza inusual. Pensamiento instántaneo: gracias a una falta de memoria universal (sería imposible), hay una cierta inocencia.

La sensualidad consiste en atribuirle a nuestras sensaciones el mismo valor que a nuestros pensamientos.

Y un video-clip para aligerar la reflexión (Olivier me hizo oírla cuando estaba a punto de pasar la tesis, neurótica e irritable: y funciona, ouieeee!!!)

http://fr.youtube.com/watch?v=HZyTOROlo9E

mercredi, avril 23, 2008

Comentarios

He estado leyendo sus comentarios y me siento más comprometida con lo que escribo, de pronto, ya no es un proceso abstracto sino concreto.
Quería comentar algo a raíz de un mensaje de Rocamadour, y es que a veces si no respondo con la inmediatez de los demás blogs es porque evito la rapidez, el atropello. Es decir, es como si escuchase una música, la de mis lectores, y entonces la integrara en mi piel y me quedase acompañada con ella como una segunda piel. Me da cierto termor ir rápido, no pensar en las respuestas no dejar que surjan solas... este blog es, cierto más parecido a un diario íntimo, un recorrido interno (el mío) con todas sus fallas y limitaciones, por eso también el diálogo no se hace tan fluido pero agradezco siempre esa compañía, esa atención que completa el proceso de reflexión. También pienso en colgar los demás links, solo una cosa: me da miedo un poco el ruido de la blogósfera. Si escribo, es por una necesidad interior, más como un trabajo de limpieza espiritual, de aseo, por decirlo de otra forma, y me gustaría que siga siendo así, si es que mis lectores no se resienten. Es una forma de hacerse aceptar también...
Pienso en el fragmento que ha citado Rocamadour de la novela de Manuel, es cierto, no entiendo tampoco cómo no sucede un cataclismo cuando las cosas cambian y se cubren de olvido, por qué tenemos que resignarnos a la indiferencia y creo que esta es una de las razones de escribir: no dejar la tabula rasa. Inscribir en ella huellas, como diría mi amiga Elba.

mardi, avril 22, 2008

Encuesta

Se me ha ocurrido una idea, como veo que a veces ciertos post convocan un silencio prolongado, me he hecho varias preguntas que me gustaría hacerlas a las personas que leen este blog. Es una forma de dar la palabra a mis interlocutores poque todo diálogo incluye un lector o un escucha: ustedes.

1. Los temas parecen muy densos.
2. No les concierne demasiado.
3. Son demasiado íntimos.
4. No convocan una respuesta.
5. No dan tiempo para una respuesta.
6. No hay manera de colgar comentarios.

Gracias.

Ps: aún no he tenido tiempo de aprender a hacer los links con otros blogs, pero recomiendo el post de hoy de Cristina Rivera Garza: luminoso, sobre la necesidad de hablar, la soledad. Y escribir. http://www.cristinariveragarza.blogspot.com/

lundi, avril 21, 2008

Amimé Césaire


Aimé Césaire, poeta

Basse Pont 1913 Fort de France 2008



Partir. Como existen hombres-hienas y hombres-panteras

seré un hombre-judío, un hombre-bárbaro, un hombre-hindú

de Calcuta, un hombre de Harlem que no vota, el hombre-hombre, el hombre-insulto, el hombre-tortura

en cualquier momento lo pueden detener y moler a palos, matarlo perfectamente sin rendir cuentas a nadie, sin presentar explicaciones a nadie

un hombre-judío

un hombre-revuelta

un cahorro

un mendigo

(...)

Encontraré el secreto de las extensas comunicaciones y combustiones

Diré tempestad. Diré río. Diré Tornado. Diré hoja. Diré árbol. Me mojaré con todas las lluvias, humedecido con todos los rocíos

Rodaré como la sangre frenética sobre el torrente lento del ojo de las palabras en caballos enloquecidos en niños frescos y coágulos que abrirán fuego sobre los vestigios del templo en piedras preciosas bastante lejos para desarmar a los más jóvenes


Quien no me comprenda, no entiende el rugido del tigre

Mi boca será la boca de los sufrimientos de los que no poseen boca, mi voz, la libertad de aquellos que se encierran en la celda de la desesperación. Y viniendo me diré a mí mismo:

Y sobre todo mi cuerpo como mi alma

cuídense de cruzar los brazos en actitud de espectador porque la vida no es un espectáculo ni un proscenio, porque el hombre que grita no es un oso que danza.


Tomado del blog de Pierre Assouline (http://www.lemonde.fr/), fragmento de Cuadernos de retorno al país natal.

Notas

Qué silencio moroso! Supongo que muchas veces no nos sentimos autorizadoas a opinar sobre textos muy personales....

Máxima de La Rochefoucauld: El tonto carece de determinación para ser bueno.

ganas de escribir la única forma de dar continuidad y sentido a lo que se vive.

No vivimos en el presente sino en una proyección hacia el futuro, que muchas veces, casi siempre, es incierto.

Frase de Foucault que explica un poco mejor la idea que puse sobre "el chivo expiatorio". La despersonalización del que escribe, el yo que se transforma en un plural y se abosorbe dejando uan sensación de pérdida, de desaparición.

vendredi, avril 18, 2008

España

A raíz de una pronta ida a la Feria del libro de Valladolid, donde el Perú es el país invitado, me entraron ganas de leer cosas sobre España. Conozco muy mal su historia, pese a haber vivido un año en Madrid y haber ido mucho a Barcelona. De pronto pensé que saber un poco de la historia de España era conocer un poco más la del Perú, siempre con mucha distancia, porque en ese sentido pienso exactamente como Michel Foucault, que la historia es la historia de la experiencia y la de los sujetos que la han escrito. Resulta que en mis lecturas cruzadas, los ensayos escogidos de Juan Goytisolo (FCE), La Celestina (un clásico que no había leído), la biografía intelectual de Michel Foucault de Paul Vayne (sin traducción), y René Girard, especialista del romanticismo, que tiene una lectura interesante sobre los orígenes de la cultura occidental, y el pleito de Millet, hay una cosa en común: la historia del cristianismo que muchos europeos y latinoamericanos consideran como la historia de Occidente. Paul Veyne recuerda los orígenes exógamos, paganos, de la religión cristiana que se nutrió de platonismo, pero también de corrientes esotéricas, justamente por Platón. Más tarde, Plotino rehabilita la influencia estoica. Esto va en contra de quienes como mi amigo RM piensan que Europa es cristiana en el sentido puristade este término. El cristianismo, como toda doctrina no es más que el acomodamiento de una serie de discursos a distintas épocas. Goytisolo, por su parte, dice que España rompe con sus influencias árabe-andaluzas en el apoge del reinado de Isabel la Católica. La fecha de ruptura más importante es el Renacimiento (fecha clave para todos los que ven una Europa cristiana) por la proximidad de la coronoa de Castilla con la órbita italiana, sobre todo la de Boloña. La Celestina (siglo XV) pertenece a la etapa de este acercamiento con el Renacimiento que marca una ruptura con el medioevo. Lo que me parece apasionante es que mucha gente se niega, en España, o en cualquier lugar, a reconocer esa errancia del cristianismo que ha sido protegido por la institución, es decir, la iglesia católica. Miraba ayer las noticias de la ida del Papa a Estados Unidos y los feligreses eran mayormente latinos. Por supuesto tiene mucho que ver. Me gusta Goytisolo porque su visión es periférica, marginal, valiente. O sea que seguiré con él y con Foucault, que es apasionante.

Y justamente estos días he recibido un texto de un escritor catalán que tiene que ver con lo que digo sobre la autoficción, compredida bajo la luz del texto de Leiris y el de la tauromaquia. Son parte de un trabajo en proceso en las que yo veo esa marca de un sujeto que no llega a descifrar los signos y los códigos que le propone la época, es decir, los dispositivos: las normas, los discursos en el que no ha participado y que le han sido impuestos. Noto que es un malestar de esta época que se ve en novelas de Manuel Pérez Subirana (ch, el problema no se expone en el lenguaje pero sí en el contenido), de este escritor, Rubén Darío Fernández (que yo veo también como un problema de idemtidad con el lenguaje), como en alguien tan lejano como Rober Walser, de nuevo, Angot (también es el código linguístico el que se recusa, además del discurso dominante, por lo que estaría más cerca de lo que yo me planteo), o incluso Bernhard, que podría tener un lado también muy reaccionario. No menciono las novelas de Philip Roth, porque no me gustan y me parece un autor inflado. A mí me aburren mucho sus novelas, me parecen pedantes insufribles, como las moralinas de Paul Auster... En suma, este fragmento, escrito por un hombre de 28 (o 26?) me ha dejado pensando...

No despreciarse uno mismo para empezar a apreciarse: El primer paso, me lo dijo un sabio. Tengo que sacar mi vida del cajón lleno de extraños polvos extraños, soledades compartidas, músicas tristes y quejicosas, presente furioso.He de ir al psicólogo, me cuentan y recuentan, porque no estoy bien. Necesito tanto cariño. Siempre la cago por las noches, y a las menos por los días. Me emborracho ya sea de día o de noche, las más de las veces, y hago todo lo que sería incapaz de hacer sobrio. Soy un reprimido deprimido. Tengo tantas ganas de encontrar un sendero donde expresar mi interior que siento tan diferente al resto. Pero sé que no soy especial, no soy tan diferente al resto de personas. Vivo con miedo. Como dice Carvalho, no se puede beber con miedo, y se añade, no se puede vivir con miedo. Vivo con rencor. Vivo asustado. Vivo desconfiando. Vivo mintiendo. Mintiéndome. Vivo solo. Terriblemente solo y he de alcanzar la paz en mi interior o amoldar mi entorno a mi terrible inestabilidad. He rechazado a mis padres como tantos jóvenes han hecho antes porque me han hecho y les han hecho que nos rechacemos a nosotros mismos y rechazándoles reafirmamos todavía más nuestro rechazo a nosotros mismos. No es el sexo, ni las drogas, ni la falta de conexión con la gente cercana. Es miedo. Miedo al rechazo. Necesito ser aceptado, deseado, querido con cuerpo y alma. Ay Alma mía. Tú que me has abandonado sin dejarme. Soy un incapaz pero mucho menos que tú. Incapaz de comunicar lo que siento porque lo que siento, siento que no cae en gracia. La gente me asusta y acabo asustándolas yo también. Miedo a tanto miedo de dar y recibir miedo. Tantas ganas de llorar a mis cuarenta tacos. Tanta rabia acumulada por la gente que ha ido abandonándome y he ido abandonando. No sé dónde hallar lo que busco porque esta eterna búsqueda en que nos sumergimos cada ser humano no tiene objeto. Sino sujetos. ¿Es la muerte en vida lo que me asusta? La penuria del ser no acepado, qué gilipollez. Sé que aceptarse es primordial. ¿Pero cómo aceptarme si no acepto mi entorno? ¿O es que acaso no acepto mi entorno porque yo no me acepto?

jeudi, avril 17, 2008

Millet

Sobre este texto de Michel Leiris, de la tauromaquia, contra todo lo que se diga sobre R. Millet, pienso que hay algo de eso, de suicidio intelectual: y me da pena, me da mucha tristeza.

Pierre Assouline comenta el mensaje que puse en su blog:

Patricia, je trouve votre témoignage charmant et assez convaincant, pour tout dire.Cela me paraît cohérent et recevable, dit comme ça. Puisque Millet est votre ami : emmenez-le faire un tour à la campagne (ainsi que je le suggérais plus haut), où il veut, qu’il marche dans l’herbe, reprenne confiance et offre au monde autre chose de lui que toute cette aigreur. Car, savez-vous ? On l’espère et on l’attend !

Cuando yo era pequeña, mi bisabuela, que era portuguesa (se llamaba Manuela da Silva), hablaba mucho de Lisboa. Llevaba un moño en la nuca y yo la recuerdo sentada en una banca de un parque de San Antonio, en Miraflores, diciendo: Lisboa, que para entonces era una ciudad desconocida y que conozco por esa música que tanto me gusta, el fado, y que me calma, o por Pessoa, y por Manuel. Cuelgo una canción de Madredeus, ua vendita al dedo herido: http://fr.youtube.com/watch?v=f5LH_0vHjUo

La palabra del mudo

Ayer tuve una especie de "insight", como se dice en el sicoanálisis. Sentí que de alguna manera yo había sido el "chivo expiatorio" de mis novelas. Quiero decir, utilizando la idea de Ribeyro, que muchas veces se escribe para dar voz a los silenciados, que yo mucha veces he silenciado la mía para hacer que hablen otras voces en mí: la de loas que no se atreven a hablar. Ese ha sido mi pacto, con todo el riesgo que eso significa (no siempre ser entendida así, sino al revés), que ha hecho que la idea d ela literatura como una tauromaquia (en alusión al texto e Michel Leiris que cuelgo enseguida) me sea cercana. Aparentemente, usar la primera persona hace que se interprete como una reafirmación del yo, y sí, en cierta manera lo es, pero solo se da a partir de los otros. Es decir que se habla en público, en el ágora, y se ausme un frote con la verdad que implica el riesgo de decir lo que se piensa y se siente aún sabiendo que vamos a molestar. Es la búsqueda por la verdad, que es efímera y que puede terminar siendo una escritura moralista. Como resultado se entra en una contradicción: cómo convencer sin afirmar, como persuadir sin ser convincente? Justamente en esa necesidad de decir lo justo, en esa necesidad de coherencia, hay una especie de sacrificio: no disfrazar, escribir sin máscara. He pensado esto leyendo ciertos textos que he escrito en los que digo cosas que no son siempre mías sino que pueden pertenecer a otros pero que responde a ese imperativo que se nos impone, decir lo que nos remueve, lo que nos irrita y nos indigna Y firmar de alguna forma nuestra condena proque poner el dedo en la llaga duele, porque levantar la voz, a veces hiere, y porque no siempre estamos autorizados a tomar la palabra.
Sí,yo veo en loas que escriben un acto expiatorio, en ciertos casos, en ciertos libros, el chivo expiatorio de un grupo humano que encuentra su voz en aquella de la que la escribe, en la que se reconoce y se siente legitimadoa. La utoficción no es tan narcisa como se dice: no es para embellecerse, es para ser coherente. Pienso en el caso de Christine Angot, muy criticada por ser ella el tema de sus novelas... pero, justamente, es que no es realmente ella, son todas las mujeres y hombres que alguna vez han pasado por una experiencia traumática que hablan en ella, que se atreve a decirlo y a publicarlo.
No sé si mi idea está muy clara, pero es un comienzo. Cuelgo el texto de Michel Leiris que traduje: empieza en tercera persona y luego pasa a la primera.




De la literatura considerada como una tauromaquia, Michel Leiris
(Traducción de Patricia de Souza)


A Georges Bataille, que es la razón de este libro.

Si nos limitamos a la frontera trazada en el tiempo de cada uno de sus ciudadanos por la legalidad francesa -regla a la cual su origen los ha sometido-es en 1922 que el autor de “La edad del hombre” ha alcanzado el momento de su vida que le ha inspirado el título de este libro. En 1922: cuatro años después de la guerra, atravesó, como otros jóvenes de su generación, este periodo, sin ver más verdaderas vacaciones, para seguir la expresión de uno de ellos.
Desde 1922, se hacía pocas ilusiones sobre la realidad del vínculo que teóricamente debería unir la mayoría legal con una madurez afectiva. En 1935, cuando pone punto final a su libro, sin duda se imaginaba que su existencia había pasado por suficientes caminos como para poder, por fin, ocuparse de entrar a la edad viril. En nuestro año 39, en que los jóvenes de después de la guerra veían postergarse decididamente esa construcción de facilidad en la cual se desesperaban, esforzándose en poner, al mismo tiempo que un auténtico fervor, una terrible distinción, el autor confiesa sin recelo que su verdadera “edad de hombre” está por escribirse, cuando haya vivido, bajo una manera u otra, la misma prueba amarga que afrontaron sus mayores.
Por ligeramente fundada que parezca hoy en día el título de su libro, el autor juzgó conveniente mantenerlo, estimando que, al final de cuentas, no desautoriza su finalidad principal: búsqueda de una plenitud vital que no se podría obtener antes de una catarsis, una liquidación cuya actividad literaria, y particularmente la literatura dicha “de confesión” aparecía como uno de los instrumentos más cómodos.
Mientras tanto, las novelas autobiográficas, diarios íntimos, recuerdos, confesiones, que concen desde hace un tiempo un auge extraordinario (como si, de la obra literaria ignorásemos lo que es creación para no afrontarlas más que desde el ángulo de la expresión y mirar, más que el objeto frabricado la persona que se esconde, o se muestra), La edad del hombre se propone entonces, sin que el autor la dote de otra cosa que no sea tratar de hablar de sí mismo con un máximo de lucidez y de sinceridad.
Un problema lo atormentaba, le daba mala conciencia y le impedía escribir: ¿lo que sucede en la escritura no queda desprovisto de valor si sigue siendo estético, anodino, desprovisto de sanción, sino hay nada en el hecho de escribir una obra que sea el equivalente (y aquí interviene una de las imágenes más queridas para el autor) de lo que es para el torero el cuerno acerado del animal, que solo -en función de la amenaza natural que ella implica-confiere una realidad humana a su arte, impidiéndole ser otra cosa que vanos movimientos de balerina?
Desnudar ciertas obsesiones de orden sentimental y sexual, confesar públicamente ciertas deficiencias o cobardías que le ocasionaban la mayor vergüenza, ese fue para el autor el medio, grosero, sin duda, pero que él entrega a los otros esperando ver remendar, introducir aunque sea una sombra de cuerno en la escritura.
Esa fue el ruego que presentaba a La edad del hombre, la víspera de “la extraña guerra”. La releo hoy en Le havre, ciudad en donde por enésima vez he venido a pasar vacaciones y donde desde hace tiempo mantengo relaciones (mis amigos Limbour, Queneau, Salacrou, que han nacido aquí, Sartre, quien fue profesor y con quien me vinculé en 1941 cuando la mayor parte de escritores que se quedaron en Francia ocupada se unieron contra la opresión nazi). Le havre está actualmente casi destruidao, lo veo desde mi balcón que domina el puerto desde lejos, bastante alto como para poder estimar en su justo valor la espantosa tabula rasa que las bombas han dejado en el centro de la ciudad como si se tratase de renovar, en el mundo más real, sobre un terreno poblado de seres vivos, la famosa operación cartesiana. A esta escala, los tormentos personales de los cuales se habla en la Edad del hombre, son evidentemente poca cosa: cualquiera que haya sido la fuerza de su sinceridad, el dolor íntimo del poeta no pesa nada frente a los horrores de la guerra y parece un dolor de muelas del que es indecente quejarse, que vendría a ser, en el enorme estrépito torturado del mundo, un débil gemido sobre las dificultades estrechamente limitadas e individuales.
Queda, en el mismo Havre, que las cosas continúan y que la vida urbana persevera. Por encima de las casas intactas como por encima del emplazamiento de las ruinas, hay por intermitencia, pese al tiempo lluvioso, un claro y bello sol. Estanques naúticos y tejados espejeantes, mar espumoso, a lo lejos, un terreno vago de barrios arrasados (abandonados por mucho tiempo, en vista de no sé que extraña desolación) subsisten, cuando la meterología lo permite, o la influencia de la humedad aérea que perfora esos rayos. Los motores roncan; tranvías y bicicletas pasan, la gente pasea o se dispersa... Yo miro todo eso, expectador que no ha entrado en el baño (o que no ha mojado más que la punta del pie) y adopta sin vergüenza el derecho de admirar ese paisaje medio devastado como si mirase un hermoso cuadro, conjugando en unidades luz y sombra, desnudez patética y hormigueo pintoresco, el lugar donde aún ahora poblado, una tragedia, apenas hace un año, tuvo lugar.
Es decir, soñaba con el cuerno del toro. No me resignaba a ser un escribidor. El matador que extrae del peligro asumido la ocasión de ser más brillante que nunca y muestra toda la calidad de su estilo en el instante en que está más amenazado: he ahí lo que me maravillaba, he ahí lo que deseaba ser. Por medio de una autobiografía, y sin embargo en un terreno en el cual la reserva es de rigor- confesión cuya publicación sería peligrosa en la media en que sería comprometedora para mí y suceptible de hacer más difícil, iluminándola, mi vida privada- apuntaba a desembarazarme de ciertas representaciones incómodas al mismo tiempo que a liberar con un máximo de pureza mis trazos y para mi propio beneficio, con el fin de disipar toda visión errónea de mí que podría implicar a lo demás. Para que hubiese catarsis y que mi liberación definitiva se realizara, era necesario que esta autobiografía tomase una cierta forma, capaz de exaltarme y de ser escuchada por los demás tanto como fuera posible. Contaba para ello con un cuidado riguroso aportado a la escritura, sobre le brillo trágico del que estaría iluminado el conjunto de mi relato por los mismos símbolos que ponía en acción: figuras bíblicas y de la antiguedad clásica, héroes de teatro o bien el Torero; mitos psicológicos que se imponían a mí en razón de su valor revelador y que constituían, en cuanto al aspecto literario de la operación, al mismo tiempo que temas directivos, las trampas a través de las cuales se inmiscuye una grandeza aparente ahí donde yo saía muy bien que esta no existía.
Hacer el mejor retrato, el más parecido al personaje que era (como algunos pintan con brillo paisajes ingratos y utensilios cotidianos), no dejar una sombra de arte intervenir sino para lo que concierne el estilo y la composición: he ahí lo que me proponía, como si hubiese descontado que mi talento de pintor y la lucidez ejemplar de la que sabría dar prueba compensarían mi mediocridad en tanto que modelo y como si, sobretodo, un crecimiento de orden moral debiera resultar de lo que había de escarpado en una empresa como esa puesto- a falta de eliminar algunas de mis debilidades- no me mostraría menos capaz de esa mirada sin complacencia dirigida sobre mí mismo.
Lo que no sabía era que la base de toda introspección tiene el gusto de contemplarse y que en el fondo de toda confesión yace el deseo de ser absuelto. Mirarme sin contemplaciones, era de todas formas, mirarme, mantener mis ojos fijos sobre mí en lugar de llevarlos más allá para trascenderme hacia algo más humano. Sacarme la máscara ante los otros, pero hacerlo en un escrito del que deseaba que estuviera bien escrito y construido, rico en percepciones y conmovedor, era, tentar de seducirlos para que sean indulgentes, limitar, de todas formas, el escándalo dándole una estética. Creo entonces que si hubo compromiso y cuerno de toro, no ha sido sin un poco de duplicidad y que me aventuré: cediendo de una parte, y una vez más, a mi tendencia narcisista, tratando, por otro lado, de encontrar en el otro menos un juez que un cómplice. De igual manera, el matador que parece arriesgarse a el todo por el todo, cuida su línea y confía, para triunfar sobre el peligro en su sagacidad técnica.
De todas formas existe para el torero una amenaza real de muerte, lo que no existirá jamás para el artista, sino de forma exterior a su arte (así, durante la ocupación alemanam, la literatura clandestina, que es cierto, implicaba un peligro pero en la medida en que se integraba a una lucha mucho más general y, en todo casi independiente de la escritura misma). ¿Estoy, entonces, en condiciones de mantener la comparación y a mirar como válido mi intento de introducir “no sea más que una sombra de cuerno de toro en una obra literaria. El hecho de escribir puede significar acaso un peligro que sin ser mortal, al menos, sí, positivo?
Hacer un libro que sea un acto, ese es, a grosso modo, la finalidad que me empujó a seguir cuando escribí La edad del hombre. Acto con respecto a mí mismo, ya que esperaba que al redactarlo, elucidaría, grcias a esta formulación en sí misma, algunas cosas obscuras sobre las cuales el psicoanálisis, sin hacerlas del todo claras, había llamado mi atención cuando las había experimentado como paciente. Acto con respecto al otro, puesto que era evidente que más allá de mis precauciones oratorias la manera como sería mirada por los demás no sería más la que era antes de la publicación de esta confesión. Acto, en fin, en el plano literario, que consistía en mostrar bajo las cartas, en hacer ver en su desnudez poco excitante las realidades que formaban la trama más o menos disfrazada, sobre exteriores pretendidos brillantes, de mis demás escritos. Se trataba menos de lo que es conveniente llamar “literatura comprometida”que de una literatura en la cual trataba de involucrarme por completo. Tanto afuera como adentro: esperando que me modificara, ayudándome a tomar consciencia y que introdujece igualmente un elemento nuevo en mis relaciones con los demás, empezando con mi relación con los más próximos, que no podía ser la misma cuando hubiese hecho lo que se sospechaba de antemano confusamente. No había la necesidad de una brutalidad cínica. Ganas, sobre todo, de confesar todo para partir sobre nuevas bases, manteniendo, con aquellas a las cuales otorgaba valor de afecto o estima, relaciones sin trampa ni mentira.
Desde el punto de vista estrictamente estético, se trataba para mí de condensar, al estado casi bruto, un conjunto de hechos y de imágenes que me negaba a explorar dejando trabajar sobre mi imaginación; en suma: la negación de una novela. Rechazar toda fabulación y no admitir como material más que hechos verídicos (no solamente hechos verosímiles, como en la novela clásica), nada más que estos hechos, era la regla que me había impuesto. Desde ya una vía había sido abierta en el sentido de Nadja, de André Breton, pero soñaba sobre todo con descubrir por mi cuenta-mientras pudiese- el proyecto suscitado en Baudelaire por un fragmento de Marginalia de Edgar Poe: desnudar su corazón, escribir un libro sobre sí mismo en el que nos sintamos presionados a tal punto por las ganas de honestidad que, bajo las frases del autor, “el papel se encendería, arrugándose a cada contacto con la pluma de fuego”.
Por diversas razones-divergencias de ideas, mezcladas a las preguntas de personas -que sería muy largo de exponer aquí-había roto con el surrealismo. Sin embargo era obvio que estaba impregnado. Receptividad en función de lo que aparece como si nos fuese dado sin que lo hayamos buscado (bajo forma de dictado interior o del encuentro con el azar), valor poético atribuido a los sueños (considerados al mismo tiempo como ricos en revelaciones), una cierta credibilidad acordada a la psicología freudiana (que pone en juego un material seductor en imágenes y, por otro lado, ofrece a cada uno una forma cómoda de elevarse hasta un plano trágico tomándose por un nuevo Edipo), repugnancia hacia todo lo que es transposición o acomodamiento, es decir, compromiso falacioso entre los hechos reales y los productos puros de la imaginación, necesidad de poner los pies en el plato (en cuanto al amor, que la hipocresía burguesa trata muy fácilmente como materia de vaudeville cuando no se le reliega al plano de sector maldito): esas son algunas de las grandes líneas de fuerza que continúaban atravésandome, cubiertas de muchas escorias y no sin contradicciones, cuando tuve la idea de este libro donde se encuentran reunidos recuerdos de infancia, relatos de acontecimientos reales, sueños e impresiones sentidas afectivamente, en una especie de collage surrealista o más bien, de foto-montaje puesto que ningún elemento que no sea de una veracidad rigurosa o de un valor de docuemento, no ha sido utilizado. Esta toma de partido por el realismo -no fingido como en la mayoría de novelas, sino positivo (puesto que se trataba de cosas vividas y presentes sin la más mínima trasnformación), me era impuesto no solo por la naturaleza de lo que me proponía (hacer el balance en mí mismo y mostrarme públicamente) sino porque respondía también a una exigencia estética: no hablar más de lo que conocía por experiencia y que me tocaba de muy cerca, para asegurar a mis frases una densidad particular, una plenitud conmovedora. En otras palabras: la cualidad propia a lo que se dice auténtico. Ser veraz para tener la oportunidad de alcanzar esa resonancia tan difícil de definir y que la palabra “auténtico” (aplicable a cosas diversas y, sobre todo, a las creaciones puramente poéticas) está lejos de tener explicación: he ahí a lo que me esperaba; mi concepción en cuanto al arte de escribir converge aquí con la idea moral que tenía en cuanto a mi compromiso con la escritura.
Volviéndome hacia el torero, observo que para él también hay una regla que no puede transgredir y que es auténtica, ya que la tragedia que vive es una tragedia real en la cual versa la sangre y arriesga su propia piel. La cuestión es saber si, en tales condiciones, la relación que establezco entre su autenticidad y la mía no reposa sobre un simple juego de palabras.
Está claro que escribir y publicar una autobiografía no conlleva para aquel que se hace responsable (a menos que haya cometido un delito cuya confesión le haría merecer la pena capital) ningún peligro de muerte, salvo circunstancia excepcional. Sin duda, corre el riesgo de padecer en esas relaciones con sus próximos y de ser desconsiderado socialmente si las confesiones que hace van demasiado al encuentro de ideas preconcebidas, pero puede , incluso si no se trata un cínico puro, que tales sanciones tengan para él tan poco peso (incluso satisfacerlo si mira como sana la atmósfera creada alrededor suyo) que conducirá en consecuencia su apuesta en un juego totalemente ficticio. Como quiera que sea, un tal riesgo moral no puede compararse con el riesgo material que afronta el torero; admitiendo incluso que exista una medida común entre los dos en el plano de la cantidad (si el afecto de los demás como su opinión cuentan tanto o más que mi propia vida, aunque en un terreno semejante es fácil ilusionarse), el peligro al cual me expongo publicando mi confesión difiere radicalmente, en le plano de la calidad, de aquel en que una puesta en acción constante, del cual está hecho su oficio, asume el matador de toros. Igualmente lo que podría haber de agresivo en el designio de proclamar sobre sí mismo la verdad (debiendo sufrir aquellos que amamos) es muy diferente de una matanza cualquiera que sean los estragos que provoquemos. ¿Debo entonces considerar como abusiva la analogía que me había parecido dibujarse entre las dos maneras espectaculares de actuar y de arriesga?
Hace unos instantes hablé de la regla fundamental (decir la verdad y nada más que la verdad) a la cual está obligado el que hace una confesión y también hice alusión a la etiqueta precisa a la que se debe ceñir, en su lucha, el torero. Para este último, él muestra la regla, lejos de ser una protección, contribuye a ponerla en peligro: realizar la estocada en las condiciones requeridas necesita, por ejemplo, que él exponga su cuerpo, durante un tiempo estimable, al alcance de los cuernos; hay, entonces ahí una relación inmediata, entre la obediencia a la regla y el riesgo asumido. Sin embargo, manteniendo las proporciones, ¿no es un peligro directamente proporcional al rigor de la regla elegida la exposición del escritor que hace su confesión? Porque decir la verdad, nada más que la verdad, no es todo: falta abordarla realmente y decirla sin artificios como grandes vientos que se imponen, trémulos o sollozos en la voz, así como sin florituras, dorados que no tendrían otro resultado que un disfraz, aunque sea atenuando su crudeza, haciendo más sensible lo que podría tener de chocante. Este hecho de que el peligro que se corre depende de una observación más o menos minuciosa de la regla. representa entonces lo que puedo retener, sin demasiado pretención, de la comparación que me gustó establecer entre mi actividad como ejecutante de confesiones y aquella de torero.
Si me parecía, de primer acceso, que escribir el relato de mi vida vista bajo el ángulo del erotismo (ángulo privilegiado, puesto que la sexualidad me parecía entonces la piedra angular en la construcción de la personalidad), si me parecía que una confesión como esa que conlleva lo que el cristianismo llama “obras de a carne”, era suficiente para hacer de mí, por el acto que representa, una forma de torero, todavía aún tendría que examinar si la regla que me había impuesto -regla de la que me había contentado en afirmar que su rigor me ponía en peligro-es bien asimilable, relación con el peligro aparte, con aquella que rige los movimientos del torero.
De una manera general podríamos decir que la regla en tauromaquia persigue una finalidad esencial: además de obligar al hombre a ponerse en peligro serio (al mismo tiempo que lo arma de una técnica indispensable), a no deshacerse de cualquier forma de su adversario. Ella impide que la lucha sea una simple carnicería; tan exacta como un ritual, representa un aspecto táctico (poner al animal en condiciones de recibir el golpe de la estocada, sin haberlo cansado, más de lo necesario) pero también, un aspecto estético: en la medida en que el hombre “se perfilará” como debe cuando se incline con su espada que en su actitud habrá arrogancia; es igualmente en la medida en que sus pies se mantendrán inmóviles en el transcurso de una serie de pases bien calculados y acompasados, la capa moviéndose con lentitud, que formará con el animal esa composición prestigiosa en la cual el hombre, cuerpo y masa pesada cornuda, parecen unidos por todo un juego de influencias recíprocas; en una palabra, todo concurre a envolver el enfrentamiento del toro y el torero de un carácter escultural.
Imaginando mi trabajo a manera de un foto-montaje y eligiendo para expresarme el tono lo más objetivo posible, tratando de recoger mi vida en un solo bloque sólido (objeto que podría tocar como para asegurarme contra la muerte, mentras que paradójicamente pretendía arriesgarlo todo), si abría bien la puerta a los sueños (elemento sicológicamente justificado pero impregnado de romanticismo, lo mismo que el juego de capa del torero, útiles técnicamente, tienen vuelos líricos), me imponía en suma, una regla tan severa como si hubiese querido hacer una obra clásica. Y es al final de cuentas esta severidad, este clasicismo, que no excluye desmesura tal y como existe en nuestras tragedias más codificadas y reposando no solamente en consideraciones relativas no solo a la forma sino al la idea de llegar así a obtener un máximo de veracidad-que me parecía haber conferido a mi empresa (hasta donde hubiese podido)- algo análogo a lo que significa para mí el valor ejemplar de la corrida y que no hubiese podido darle por sí sola el valor imaginario del cuerno del toro.
Usar materiales que no dominaba y que tendría que tomar tal como los hallaba (ya que mi vida era lo que era, imposible de cambiar una coma al pasado, primera certeza que representaba para mí un lote imposible de rechazar como para el torero el animal que sale del toril), decir todo y hacerlo en ausencia de todo énfasis, sin dejar nada al placer y como obedeciendo a una necesidad, ese era el azar que aceptaba y la ley que me imponía, etiqueta con la cual no podía transigir. Que del deseo de exponerme (en todo el sentido del término) haya constituido el soporte primero, se deducía que esta condición necesaria no era una condición suficiente y que necesitaba además que, de esa finalidad original, se dedujese, con la fuerza casi automática de una obligación, la forma que debía adoptar. Esas imágenes que juntaba, ese tono que tomaba, al mismo tiempo que profundizaban y avivaban el conocimiento que tenía de mi persona, debía ser lo que daría, salvo fracaso, una emoción capaz de compartirse mejor. De la misma manera el ordenamiento de la corrida (marco rígido impuesto a una acción donde, teatralmente el azar debe aparecer dominado) es técnica de combate y, al mismo tiempo, ceremonia. Esta regla de juego que me había impuesto-dictada por la voluntad de ver en mí con las más profunda acuidad- jugaba simultáneamente de forma eficaz como cánon de composición. Identidad, si deseamos, de la forma y del fondo, pero más exactamente, desarrollo único que me revela el fondo a la medida en que le doy forma, forma capaz de ser fascinante para los demás (empujando las cosas al extremo) de hacerle descubrir en sí mismo algo de homófono en este fondo que me era revelado.
Esto, evidentemente, lo formulo muy a posteriori para tratar de definir mejor la acción que libraba y sin que me pertenezca decidir si esta regla de tauromaquia, a la vez guiada por la acción y grantía contra las facilidades posibles, se muestra capaz de una verdaderal eficacia como estilo, incluso (en cuanto a ciertos detalles) si era aquello en lo cual pretendía ver una necesidad de método no respondía más bien a un prejuicio concerniente a la composición,
Teniendo en cuenta que distingo en literatura una especie de género mayor (que comprende las obras donde el cuerno está presente, bajo una forma u otra: riesgo directo asumido por el autor sea de una confesión o de un escrito de contenido subversivo, forma cuya condición humana es mirada de frente o “tomada por los cuernos”, concepción de la vida que comprende el frente a frente con otras personas, actitud delante de las cosas como el humor o la locura, toma de partido por ser la caja de resonancia de grandes temas de la tragedia humana) puedo indicar en todo caso -¿sin duda no es empujar una puerta entreabierta?- que es en la medida exacta en que podemos descubrir otra regla de composición distinta de aquella que sirvió de hilo de Ariana a su autor a lo largo de la explicación abrupta que realizaba -por aproximaciones sucesivas o quemando etapas- consigo mismo que una obra se este tipo puede ser considerada literariamente auténtica. Eso por definición, en el instante en que admitimos que la actividad literaria, en lo que contiene de específico en tanto que disciplina del espíritu, no puede tener otra justificación que dar a luz ciertas cosas para sí mismo al mismo tiempo que hacermos comunicables a los demás y que como una de las finalidades más altas que pudieran ser asignadas a su forma pura en la poesía, yo entiendo: restituir por medio de las palabras ciertos estados intensos, sentidos concretamente y convertidos en insignificantes. Al ser puesto así, en palabras.
Estoy bien lejos aquí, de los acontecimientos actuales y consternantes como la destrucción de una gran parte de Havre, tan distinto del que conocí y amputado en lugares a los cuales, subjetivamente, me unían recuerdos: El Hotel de la Amirauté, por ejemplo, y las calles calurosas con construcciones ahora destruidas, como aquellas en cuyo flanco leemos todavía: La luna, The moon, acompañada de una imagen representando un rostro risueño en forma de disco lunar. Esta también la playa, cubierta de una extraña florecimiento de chatarra y cubierta de piedras laboriosamente juntadas, frente al mar donde un barco, el otro día, cayó sobre una mina, añadiendo sus restos a los demás escombros. Estoy muy lejos, por supuesto, de ese cuerno auténtico de la guerra en la que no veo sino, en casas abatidas, más que efectos siniestros. ¿Más involucrado materialmente, más activo, y por ese hecho, más amenazado, a lo mejor asumiría la cuestión literaria con más ligereza? Podríamos presumir que podría trabajar de forma menos maniaca por el hecho de hacer un acto, un drama en que tiendo a asumir, positivamente, un riesgo, como si ese riesgo fuese la condición necesaria para que me realice íntegramente. Quedaba, de todas formas, este compromiso esencial que estamos en medida de exigir al escritor, aquel que emana de la naturaleza misma de su arte: no abusar del lenguaje y actuar en consecuencia y de forma tal que la palabra, de alguna manera que se asuma para transcribirla en el papel, sea siempre verdadera. Quedaría que le es necesario aportar piezas de convicción al proceso de nuestro actual sistema de valores y pesar, con todo el peso con el que a menudo estamos oprimidos, por el sentido moral de la liberación de todos los hombres, a falta de lo que, ninguno podrá llegar a tener libertad individual.

Le Havre, diciembre 1945, Paris, enero 1946.

mardi, avril 15, 2008

Alimentos terrestres


Una amiga mexicana (en realidad es mi editora) me ha invitado a la presentación del libro de un autor mexicano, que ella conoce muy bien. Ella es de origen venezolano y una cosa que comprendo (y comparto) es su gusto por la buena comida, porque es muy sensual. Me cuenta que el piqueo será hecho por la madre del autor que cocina riquísimo y quiere que no me la pierda. Pensaba que si a veces me disgusta mucho comer mal, es porque en el sentido del gusto hay una memoria afectiva instantánea, que es una de las formas como nos ponemos en contacto con la realidad, fuera de todo discurso (realidades discursivas diría Foucault, no esenciales ni verdades duraderas). Hay una armonía interior en la buena comida y el buen vino (sino lean a Roussau, a Proust...). Aquí los nombres de los platos me gustan mucho: molletes, gorditas, quesadillas, tortas, pozoles, nopales, (la hoja del tunar que aquí se come frita o en ensalada) etc... ah, y el "atole", que busco cada mañaa en un quiosco de por aquí y que es una bebida a base de máiz perfumada de guayaba, chocolate o fresa. ... Deli...!! Olivier, me decía otro nombre de las tortillas fritas (no lo recuerdo ahora mismo), que también pueden ser frescas, verdes, de maíz o de harina. Y los tamales son muy ricos... Que terrenal, lo siento, pero es así, como que adoro el pastel de papas con rocoto relleno que hace mi madre y que como cuando necesito reconfortarme en el exilio!! Humanitas, ah, yo no soy solo una cabeza que piensa... a veces, los libros, me saturan y solo quiero estar mirando a las personas, sentirlas en sus maneras, sus olores, volver de nuevo a ser... !Una salvaje peruana!!


Y, me voy corriendo a la librería Rosario Castellanos, en La condesa, donde hay una bonita sala de presentaciones...

Precisión

Bingo! Ecuentro en el libro que leo un fragmento que me parece luminoso: Me equivoco cuando menciono a Wittgenstein? Foucault y él tienen muchas cosas en común al no creer más que en singularidades, y rechazar la verdad como adaequatio mentis et rei, convencidos de que algo en nosotros (el discurso según F y el lenguaje según W) piensa mejor de lo que nosotros podemos pensar.

Creo que lo que se dice aquí es que el lenguaje es una entidad viva, que actúa y se manifiesta según nuestras posibilidades sensibles, digamos. Para W la vida se mantiene a través de juegos de lenguaje, prisionera, porque pensamos a través de las palabras, de códigos de conducta (relaciones sociales, políticas, magia, actitudes frente al arte, etc)....

Un poco como lo que decía sobre Berlusconi... Les parece que no? Sí.... hummm... no? a lo mejor... mnnnnnnn

lundi, avril 14, 2008

Mama mía

Las reelección en Italia de Silvio Berlusconi no deja de ser sorprendente. Alguien que conquista a sus electores con un discurso populista, tan populista que su oferta más seductora es comprar un jugador de fútbol, hace pensar. Muchos se preguntan cómo un país como Italia que fue la cuna del Renaciemiento, se ha convertido en un país tan retrógado políticamente hablando, con habitantes tan conformistas y desesperados como para ser atraídos por la pobreza de ideas y propuestas del candidato de derecha. No hay evolución posible sino una interacción constante y la meñoria es corta. Por más libros que hayan producido, por más cultura e historia acumulada, la reflexión a través del tiempo se hace abstracta, solo puede ser concreta. Me hace gracia cuando ponen de ejemplo a los países de sudamérica com el ejemplo de anti-democracias, qué sucede entonces con Italia que tiene una historia reciente como país unido pero tanta historia sobre sus espaldas? Creo que lo que sucede es que, sí, el mundo globalizado lo es en ideas, pero también en miedos y límites para comprender. Nada tiene que ver con la pertenencia a un país, a veces, la propia incrtidumbre, trasciende cualquier reflexión. Y vivimos en un mundo muy concreto, con intereses muy concretos. Hay un repunte del pesamiento conservador y de las ideas más reaccionarias, hay miedo en general y con eso, mucha incapacidad de aceptar el peligro y el desafío. El lenguaje como transmisor de estos valores, insisto, no piensa en los otros, piensa (se) solo a través individuos atomizados, incapaces de relacionarse con los demás y con su pasado, piensa solo en el ahora. Y cómo! No podemos juzgar a una sociedad únicamente por su historia sino por sus gestos en una situación concreta, ahora, se trata de entender qué les puede pasar por la cabeza para votar por Berlusconi, tal vez lo que le pasa por la cabeza a un habitante de cualquier parte del mundo: cómo hago para salvarme de este caos? Depende entonces de las herramientas que posea, las interiores, para no transformar esa respuesta en algo violento.

Respuesta en el blog de Pierre Assouline al comentario que hizo sobre el libro de Richar Millet. Era un imperativo, porque se trata, ante todo de comprender y no juzgar, ascésis que es muy, muy difícil. Aemás, yo conozco otro lado de la persona. Confusión.

vendredi, avril 11, 2008

Exiliarse




De lo único que estoy segura es de que yo no me hubiese podido quedar encerrada en el fatum de haber nacido en una sociedad tan conservadora, dominante y dominada, masculina (y aquí incluyo a las mujeres que son las que transmiten los valores de forma activa) y castradora. Si de algo puede servir mi propia experiencia, es para hacer saber que desde muy pequeña dudé de los prejuicios de clase, de las ideas adquiridas, de todo. En esto mi madre me apoyó, no censurándome sino dándome libertad para actuar. No he seguido ningún esquema, mis estudios han sido desordenados y a la carta, si se puede decir. No soportaba el colegio, porque me parecía una educación militar, pacata, por religiosa, y pobre porque no nos enseñaba a interpelarnos sino a imitar, a copiar y a alienarse. Recuerdo muy bien las veces en que una profesora me ha maltratado por mostrar ideas independientes, en cuantas veces, podía pasar por excéntrica porque no hacía lo mismo que las chicas de mi edad, cuántas veces ha habido, y la hay, la mirada de desconfianza por desafiar las reglas de la tribu. En una mesa redonda sobre Simone de Beauvoir, una mujer decía: yo siempre he sido misógina, recien ahora me doy cuenta. Las mujeres, como todoas, se alienan con el poder por miedo a perder una situación social o verse condenadas a la exclusión. Esto no lo descubro yo, vuelvan a leer el Segundo sexo, y verán. Es decir, yo consideraba, y sigo apostando a ello, que la única manera de des-alienarse es leyendo, moviéndose, asumiendo el riesgo del viaje y el desarraigo. Para poder existir en tanto que persona tuve que alejarme de todos mis referentes afectivos, volver a inventarme en otro idioma, el francés, de ahí que escriba ahora en él que es como una segunda piel, es el Palinsesto (figura querida para Proust de la escritura que emerge).
Esta mañana oía una entrevista a Pascal Quignard, a quien vi un día en un café (lo cuento en un post), y me impresionó por su mirada y la forma como me apretó la mano, con intensidad; un hombre raro, de una sensibilidad fuera de lo común. Pues bien, Pascal dice textualmente: Qué es la política sino quitarles a las mujeres la reproducción social?
Toda escritura, hecha por una mujer, me parece política, en mi caso, es respuesta que busca la dialéctica y no la encontró en su espacio natural. Por eso, como decía también otra mujer, en su diario que es extraordinario, Anais Nin: hay que saber moverse, irse, abandonar lo que no nos enriquece ni nos hace movernos interiormente... algo así.
A los dieciocho años yo me fui a París, muriéndome de miedo aunque con ansiedad y emoción, y ahora me doy cuenta que sin eso, sin esa partida, no sería quien soy, no escribiría, sería tal vez una amargada, o no sé, o una nihilisa completa!

Leo las memorias de Philippe Sollers (esposo de Julia Kristeva), que son la ligereza perfecta, el allegro de vivir en armonía y en la creación. Anoche también pensaba que esa morosidad típica de las sociedades cerradas, esa falta de oxígeno, es una forma de padecer la dominación, la locura del capitalismo, su esquizofrenia. Vivimos en un mundo completamente comunicado pero con personas incapaces de asimilar toda esa información, de acordarse con nuevos contenidos culturales, condenándonos a un desarraigo constante que produce los nacionalismos y las fobias. El desarraigo no es únicamente personal, es de todoas...

Una última anécdota de Sollers, el encuentro con Dominique Rolin, otra escritora. El tiene 22 años, ella 45. Coup de foudre, amor productivo, complementario, porqueItalic sí, sí existen esas situciones y cuando suceden, hay que celebrarlas. Por qué no, escribiendo para compartirlas.
A veces necesitamos que nos acompañen: Weyergans me escribe: Chiquilla, ando ocupadísimo, pero pienso en ti Y te leo. Ese, te leo, me empuja a seguir escribiendo, no todos los hombres son misóginos, ni las mujeres.
foto: Portada del último libro de Pascal Quignard, La noche sexual, y foto suya. y video sugerente de Alain Souchon:http://fr.youtube.com/watch?v=M5RcTEwemWU

jeudi, avril 10, 2008

Torre de Babel

Creo que el pensamiento de Simone de Beauvoir (traducire el final de La fuerza de las cosas, que es alucinante), el rigor con que se enfrenta a sus límites, es remarcable. A veces, resulta ingrato saber que en muchos casos vivimos en el patio trasero de la historia, es decir que no hay debate de ideas, o que si existe este, es casi invisible. Siento, muchas veces que tratar de engrosar ciertas cosas, el pensamiento, es casi imposible porque nuestras necesidades son muy concretas y no dejan mucho espacio para la literatura o la creación en general. Es una constante. Es un poco como vender productos sofisticados (y sin embarggo no los son sino en su interpretación) en una sociedad que necesita alimentarse con productos básicos. Cuando escucho, o leo, un debate muchas veces siento un diálogo cruzado, como si todos hablásemos a la vez y no hubiese consciencia del lenguaje, como si fuésemos hablados por el lenguaje, sin poder actuar sobre él...
Hay cosas que, definitvamente me sorprenden, por ejemplo, siempre he andado hablando de mis problemas con la narración, en diferentes lugares, cada vez que la oportunidad se presentaba, pero nunca ha habido una discusión que pudiera ayudar a esclarecer algunos puntos que entonces estaban para mí, turbios, ni siquiera mucho interés. Había distracción, no calculada, sino esa que no escucha lo que no le suena familiar. Yo planteo siempre qu el problema con la narración con la novela no viene de ahora, no, es que tiene que ver con una crisis moderna que viene desde Europa y que nos ha llegado, a través de los libros con otra interpretación: si para Europa, Francia, Alemania, esta tiene que ver con las guerras y especialmente con la Segunda, en nuestros países tiene que ver con una crisis social intensa que ha desarticulado los elementos clásicos del discurso que se emplean en la novela, en suma la relación con la representación. Cada vez que leo una crítica en un diario en mi idioma, la siento epigonal, cada vez que escucho un discurso sobre la literatura, idem. Eurocentrado, sin distancia. No sé si tenga que ver con que yo viva entre Europa y América y ande comparando contenidos, no es que sea una privilegiada, sino una constante insatisfecha, eso es todo. Pero me siento sola en esa reflexión y la verdad que me da mucha envidia cuando leo a Simone de Beauvoir y veo que en su momento encontró a Sartre, a Camus, a Queneau, o al Leiris, era una época riquísima, llena de hallazgos y de complicidad en la creación. La prueba son sus textos. Digan lo que digan, pocas sociedades han producido tantas rupturas en el siglo XX que ahora son parte de nuestra vida cotidiana, pocas. Yo siento, como le decía el otro día a un amigo, que hay una cosa muy fácil, un acomodamiento, lo que se podría llamar un "dispositivo": adecuarse rápido a algún argumento para salir del asunto (la reflexión).

Ayer por la noche si tuviese que encontrar una palabra que resumiera mi relación con los demás, diría Fraternidad. Si podemos llegar a ser frateranles escribiendo, no todo está perdido. Es ya algo.

Ps: publico una carta de mi madre, dirigida a mí, desde mi blog ( era difícil que ella pudiera colgarlo). Ella me hizo saber su deseo de que sea publicada y, aunque al principio dudé por pudor, porque mi mamá ve mis cualidades y no todos mis defectos, pensé que era una exigencia de derecho a la palabra, de reivindicación de su rol de madre activa, pero también como mujer. Y aunque me ruboriza, lo publico como un pequeño gesto de generosidad hacia con ella, a su deseo de estar presente y de legitimarme con su mirada.

mercredi, avril 09, 2008

la historia

La historia de una vida es, cotrariamente a lo que se suele pensar, la versión fragmentada e incompleta de una vida. Son escenas en las que no siempre nos reconocemos o nos aceptamos, y tal vez esa sea una de las razones de escribir. pero todo el mundo construye su relato (no es necesario escribir siempre), algunoas con más capacidad que otroas para ver bien a través de los espacios vacíos. Sobre todo me parece importante reconocer nuestras debilidades y nuestros defectos, eso nos hace humanos, nos hace moralmente un poquito mejor. Pienso en la entrevista que vi hace poco a Claude Levi-Straus en la que cuenta cómo, cuando escribió Tristes trópicos, no se dio el trabajo de verificar las palabras que había puesto en portugués al hablar de los aborígenes del Brasil. Lo dice cuando ya es miembro de la Academia, sin ningún pudor y con cierta humildad, porque la vida, con el tiempo, nos enseña a ser humildes, si tan solo lo supiéramos antes!!...

termino también La fuerza de las cosas, de Beauvoir, que es la historia (como la he descrito antes) de una vida de creación, de rechazo de manuscritos, de pruebas, pero, al final, de una presencia ante sí misma a todo fuego.
Eso es, para mí, lo más importante.

Me conmueve hablar con mi mamá esta mañana y que me anuncie que está escribiendo una carta sobre su hija dirigida a un diario en Lima. Me pregunto si alguna vez escribiré algo como El nacimiento del día, de Colette, o La edad de hierro, de Coetzee, donde se ve una relación entre madre e hija, una relación nada fácil, como suelen ser las relaciones en la distancia y la ausencia, pero Una relación, al final de cuentas.

Desayuno pantagruélico, mexicano, huevos, frejoles, frutas, queso, jugos, etc... No logro despegar aunque he empezado a ver ilustraciones para el nuevo libro. Cosas de Klossowski, y de Füssli... Producción mínima si la comparo con la de mi amigo Millet que ya acaba de terminar otro libro, él y Pascal Quignard, grafomaniacos (???)... Invitació a Quintana roo, me dicen que es una parte de México sublime... Mnnnnn...

Y ahora, frivolidad y désespoir ensemble: interior y espacios que quedan en la memoria...esfuerzo de nemotecnia obligado por la imagen...
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mardi, avril 08, 2008

las visitas

me doy cuenta de lo difícil que puede ser mantenerse cerca de una misma cuando muchas cosas nos distraen de lo esencial. Hay una sensación que tolero con dificultad: la de estar ausente, la de alejarme de mi eje. Creo que estoy acostumbraa a las lecturas, a tratar de escuchar mi música a mi ritmo. Por eso todo acto masivo, me desubica. Cuando era chica asistía muy poco a cosas gregarias, creo que me apartaba porque lo que buscaba, y lo que busco, es una verdadera conversación frente a frente, mejor sin espectadores, en una playa solitaria, o caminando por alguna calle mientras se oye una canción brasilera, lenta y ondulada como una ola mansa. Esas son las cosas que me elevan un poco, que dan a mi alma y a mi cuerpo la sensació de existir para algo, o alguien, especial. Curioso, usé la palabra alma para hablar de mí misma.

Recogida de texto de le editorial Jus, corrección. Imágenes del hotel donde se ubica la editorial, qué les parece.
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lundi, avril 07, 2008

La música

Yo nunca he entendido a las personas que pueden vivir sin escuchar música. En materia de gusto en esto, soy totalemente ecléctica: no tengo ninguna noción de las cetegorías de valor, basta que una música me evoque una presencia, una sensaicón para que le dé un valor. En días pasados, fuimos a un concierto de salsa y me di cuenta que ese aspecto popular, es justamente su encanto, lo que me seduce, mucho más que otra cosa, las letras, que son terriblemente conservadoras. En esa música, que es sobre todo de movimiento, hay un espesor humano, una espcie de ausencia de malicia y algo muy efímer que pasa cuando los cuerpos se mueven olividándose de que son frágiles, sí, hay algo que me conmueve...

samedi, avril 05, 2008

caverna


Muchas veces tenemos la impresión de no salir de la caverna y de andar entre sombras, a tientas. Leyendo mi texto que hay un personaje que se repite, el que yo llamo "primer hombre", la primerá relación. Es una idea todavía abstracta y eso se siente en el texto.


Al levantarme pienso: lo más difícil ahora, el desafío más importante, es saber estar a la altura de nuestros sentimientos, asumir compromisos, arriesgarse y seguir confiando en que podemos establecer vínculos (a veces dudo), y si nos equivocamos, saber mantener esos compromisos, sin importar la respuesta. Lo que importa es proteger a eros, nuestro ímpetu vital en movimiento.


La elocuencia aisla, allí se respira el aire helado de las alturas.


Amar como un libro que estaría escrito por Dios, escribe Yan Andréa sobre Marguerite Duras, por qué no amar, simplemente, por que no vivir, simplemente?... sin esperar....


Imagen: afiche del espectáculo de mi amiga Karin Elmore, ahora en Lima. Suerte!

jeudi, avril 03, 2008

Imágenes

México, 15h30.



28 grados... imposible hacer correcciones, distracción.

Videos: las calles de México, calle Cozumel y la Bodeguita del medio. Jacques et Cécile, Jean Nouvelle (el arquitecto de la torre de Barcelona y el Quai de Branly), al fondo en el restaurante italiano del Boulevard Magenta.
video video

mercredi, avril 02, 2008

Bocal


Escuchando una entrevista con Michel Foucault, a raíz de que se cumplen cuarenta años de mayo 68, me llama la atenció una de las cosas que dice el entrevistado: Foucault nunca formó parte de ningún grupo, él podía ver que muchas veces parecíamos esos peces encerrados en un bocal (frasco) dando vueltas en grupo y del cual solo alguno de ellos desea huir. Foucault es el pez rojo que salta por encima al darse cuenta de su encierro. Lo que se conoce como idea post-moderna de la verdad, no es una pose de Foucault, es una ascésis, ua forma de disciplina de vida.


Llegué a Mexico D.F ayer por la noche (he decidido relativzar mis movimientos concretos -porque debo viajar a Francia en un mes- y privilegiar los interiores) y vi dos cosas, un documental sobre una isla perdida en el Pacífico frente a las costas de México que es un paraíso de eco-sistema y una película de Patrick Chereau. Dos cosas me parecieron evidentes esta mañana mientras caminaba pisando las hojas caídas de los jacarandas en el parque México: la primera, que algunas personas se transportan con su carga interna como si estuviesen dentro de una armadura de hierro (el bocal) a la que nada penetra y los que se dejan invadir, despersonlizar por el exterior. En general mi "capacidad mimética" siempre me permite ese movimiento, pero me preguntaba si con el tiempo no perdemos esa capacidad. Lo digo porque mientras miraba este documental sobre la exposición, sentía que la expedición se transpormaba sin ser afectada por el entorno, con todos sus utensilios modernos, imponiéndose. No se adaptaban a las condiciones de vida de ese eco-sistema ni trataban de comprenderla, se imponían con su presente. Atomizados.

Luego, mientra shablaba con París, con la cabeza y el corazón caminando por París, en el departamento de la calle Gravilliers que nós acogió, encendí la tele para ver el video de Chereau. La película es Son frere (su hermano). Una parte de la vida de dos hermanos, uno de ellos moribundo, y el otro, homosexual. Descubro que Patrick Chereau, además de ser un hombre de teatro (él descubre a Jean-Marie Koltés, que es genial), es un hombre que ha visto mucha pintura, sus imágenes son trabajadas con el el ojo del artista plástico, per sobre todo, hay una mirada sobre el cuerpo humano totalmente personal. Impresionante ver a este cuerpo de un hombre joven (35 años) enfermo, un cuerpo hermoso que solo es eso, al final, entre las manos de los enfermeros, cuando lo afeitan para dejarlo como un recien nacido para una operación, cuando él mismo se ve y no se reconoce devorado por la enfermedad, es simplemente un cuerpo humano. Y es tan,tan conmovedor, incluso las escenas de amor entre hombres son como un cuadro de Rembrandt, con esos colores crudos, carnales. No hay drama, psico-drama, en sentido literal, Cherreau, retrata con elegancia lo que es una sociedad como la Francesa, menos preocupada de la piedad o la compasión que de la eficacidad de sus servicios de salud (cuando entra una enfermera y trata de ser amable pero simplemente cumple con su trabajo, nunca se sale del guión ni la conmueve la belleza destruida de ese hombre joven). También me interesa cómo Chereau hace de este hombre tan sexual, un ser humano común y corriente, transformado en casi un cadáver (estaría realmente enfermo el actor Bruno Tedeschini?), amargado por la enfermedad, incapaz de aceptarla porque su vida nunca ha sido enriquecida con otros contenidos que no sean los ordinarios. En eso, el hermano menor, es el contrapunto. Se habla también de la relación entre los dos, incluso de una iniciación sexual. No sé si recuerdan Festen, otra película interesante donde se destapan todas las transgresiones en una familia burguesa que siempre disimula. Suceden estas cosas a veces sin violencia y otras, de forma traumática, convertidas en tabú. En resumen, hay que ver esta película PC. Hay que volver a ver La Reina Margot, otra película muy influnciada por la pintura. A mi paso por Amsterdam, me dio pena no poder salir de aeropuerto para ir a ver el cuadro de Rembrandt, La ronda de noche, que está en un museo de esta ciudad que acogió a todos los judíos expulsados de España durante el reinado de Isabel la Católica, y que se ha convertido ahora, según se dice, en una ciudad reaccionaria, como muchos lugares que se convierten en destierros para todos los que quieren un poco de libertad. La libertad es ahora una artificio turístico y eso me desanimó de salir.

Pero volviendo al cine, un día paseaba con Weyergans por París, y W saludó a un hombre que se me hizo interesante, luego me dijo que era PC... tengo una pieza en francés, La digue, W me sugirió entregársela a Chereau y yo dije: hummm, qué pensaría PC? Creo que hay una cosa que descubro que me une a él, ver al cuerpo humano como un lugar de aprendizaje de la vida, de Marca, de lugar de experiencia espiritual. Vean la película que debe estar en los video rents o por Internet... Y también vean la última película de Greenaway sobre Rembrandt, la última de Pedro Costa, el director portugués, y una que todavía no veoa, El capitán Ajab, de Ramos... A anotar...


Y leer a Foucault ayuda a pensar el mundo con más libertad y a confiar más en nosotroas... Voili voiló!
foto: Bruno Todeschini, mnnn, transformado...

mardi, avril 01, 2008

Coincidencias

Todavía no he vuelto a coger el libro de Marina Svetaeva, es como si esperase para comer la mejor parte, pero he pensado en la coincidecia de haber asistido a la conferencia sobre Déligny y haber leído La noche sexual, de Quignard. El habla de que en toda relación física se produce como una iconografia, en la cual, falta una imagen, la primera, la fundadora. Y Déligny hablaba de la imagen original, que sería autista por ser silenciosa. Su terapia con niños autistas consistía en comunicar con ellos a través de imágenes, por la imitación. Todavía otra coincidencia en la librería La hune, de Saint germain, encontré un libro de René Girard, especialista en el romanticismo (Los orígenes de la cultura) que habla de un tema adyacente, la necesidad mimética que todos tenemos, y esto, en relación con el hecho de que toda comunicació siempre se funda en la necesidad del otro como imagen de nuestra propia imagen, es decir, yo entiendo, con la alienación y la necesidad de romper con ella.

Otra coincidencia más, he estado viendo mucha iconografía sobre ese tema, primero el libro de Quignard, luego una exposición en la Biblioteca nacional de París y enseguida me escribe alguien (un pintor) desde España, que hace también imágenes, para pedirme un texto.... coincidencias?

Seguiré luego con este tema... creo que son coincidencias felices, una cosa te lleva a la otra y hace que la mirada sobre ciertas cosas, y ciertas experiencias, cambie.